Siguiendo el hilo abierto por el profesor Veiga en su blog, y por alusión, me veo obligado a comentar algunos aspectos, en relación a mi reseña sobre El desequilibrio como orden.
En primer lugar decir que mi referencia a “lo comercial” en el libro de Veiga es una cuestión de “sensaciones” (como queda demostrado en el “putpurri” de justificaciones que utilicé para el caso), y quedo convencido sobre la distinción entre “comercialidad” y “oportunismo” que explica en su blog, y decir también que en ningún momento puse en cuestión la validez científica de sus planteamientos en relación con este aspecto. A decir verdad, el argumento de “lo comercial” no pretendía ser un punto fuerte de mi reseña, ni creo que lo sea. ¿Una pequeña provocación? Y bienintencionada, y que consiguió sus frutos, dado que ha generado alguna que otra explicación en su blog.
Entrando en el tema de la periodización en El desequilibrio como orden, decir que me sigue pareciendo aventurado establecer un límite cronológico de manera general a nivel historiográfico sobre este periodo, y siendo bien consciente de la magnitud del 11-S (el fracaso político-militar y quizás el verdadero golpe de efecto al sistema), de la Guerra de Irak (el fracaso diplomático), y por supuesto del crash del pasado año (la debacle corruptiva del sistema financiero). Me reitero en lo que comenté en la primera entrada: El desequilibrio como orden es un excelente ejercicio científico que prueba en perspectiva histórica el fracaso argumentativo legitimador del discurso neoliberal de principios de los noventa. Y creo que es ahí donde reside parte de su potencial, y el principal motivo por el cuál hay que valorarlo.
El periodo iniciado tras el derrumbe de la URSS significó, en la práctica, la sumisión al nuevo modelo de mercado que encabezaban los Estados Unidos, y creo que existe consenso en concluir que ese modelo ha fracasado estrepitosamente, por mucho que el G-20 trate de “refundarlo”, la derecha neoliberal siga ganando protagonismo en Europa, y determinados especialistas busquen argumentos para seguir dándole vida al sistema. Y esto a mi me preocupa más como ser humano que como historiador.
Con esto no quiero decir que los profesionales de la historia no se hayan de preocupar por la historia actual (y conste que tampoco sería nadie para decirlo), sino que basen sus estudios en lo que creo verdaderamente importa: cubrir fuentes que se perderán con el tiempo, abrir preguntas lógicamente pioneras, y establecer enfoques de valor, fruto del contacto privilegiado con el contexto social (a mi entender, esta es la principal preocupación del profesor Veiga, o al menos, lo que refleja el libro). Los límites cronológicos vendrían a posteriori, y en relación a los distintos objetos de estudio que nos ofrece la disciplina, evitando así la “homogeneidad” de los periodos que han sido tradición en la mayoría de la historiografía hasta nuestros días, siempre de “arriba abajo”, y derivados directamente de los poderes político-económicos globales, como lo es el crash.
Los buenos trabajos historiográficos, sin embargo, trascienden a la cuestión de la periodización, que responde muchas veces a cuestiones formales. Los periodos en la historia, como sabemos, pueden moldearse en relación a antecedentes, que también suelen estar sugeridos por un desarrollo histórico posterior, que da origen a nuevas preguntas. Así, la Primera Guerra Mundial puede ser aquél fenómeno en el que se manifestó violentamente la decadencia de la sociedad burguesa del XIX, que tan bien reflejó Luchino Visconti en su Morte a Venezia (1971), como también puede considerarse el origen de un "corto siglo XX", postura defendida por Eric Hobsbawm, por albergar la Revolución Rusa en el conflicto, e incidir significativamente en el desarrollo de las estrategias revolucionarias y contrarrevolucionarias posteriores, por citar un ejemplo.
Sé que esto que he escrito es breve y no significa nada nuevo para los que estamos formándonos en la disciplina, pero es un punto de vista que debe recuperarse de vez en cuando. La historia está llena de trampas, velos y fronteras.
No me extiendo más, porque quiero comentar en la siguiente entrada el documental de Oriol Rius que se exhibió ayer en el CCCB: Hollywood contra Franco (2008).
En primer lugar decir que mi referencia a “lo comercial” en el libro de Veiga es una cuestión de “sensaciones” (como queda demostrado en el “putpurri” de justificaciones que utilicé para el caso), y quedo convencido sobre la distinción entre “comercialidad” y “oportunismo” que explica en su blog, y decir también que en ningún momento puse en cuestión la validez científica de sus planteamientos en relación con este aspecto. A decir verdad, el argumento de “lo comercial” no pretendía ser un punto fuerte de mi reseña, ni creo que lo sea. ¿Una pequeña provocación? Y bienintencionada, y que consiguió sus frutos, dado que ha generado alguna que otra explicación en su blog.
Entrando en el tema de la periodización en El desequilibrio como orden, decir que me sigue pareciendo aventurado establecer un límite cronológico de manera general a nivel historiográfico sobre este periodo, y siendo bien consciente de la magnitud del 11-S (el fracaso político-militar y quizás el verdadero golpe de efecto al sistema), de la Guerra de Irak (el fracaso diplomático), y por supuesto del crash del pasado año (la debacle corruptiva del sistema financiero). Me reitero en lo que comenté en la primera entrada: El desequilibrio como orden es un excelente ejercicio científico que prueba en perspectiva histórica el fracaso argumentativo legitimador del discurso neoliberal de principios de los noventa. Y creo que es ahí donde reside parte de su potencial, y el principal motivo por el cuál hay que valorarlo.
El periodo iniciado tras el derrumbe de la URSS significó, en la práctica, la sumisión al nuevo modelo de mercado que encabezaban los Estados Unidos, y creo que existe consenso en concluir que ese modelo ha fracasado estrepitosamente, por mucho que el G-20 trate de “refundarlo”, la derecha neoliberal siga ganando protagonismo en Europa, y determinados especialistas busquen argumentos para seguir dándole vida al sistema. Y esto a mi me preocupa más como ser humano que como historiador.
Con esto no quiero decir que los profesionales de la historia no se hayan de preocupar por la historia actual (y conste que tampoco sería nadie para decirlo), sino que basen sus estudios en lo que creo verdaderamente importa: cubrir fuentes que se perderán con el tiempo, abrir preguntas lógicamente pioneras, y establecer enfoques de valor, fruto del contacto privilegiado con el contexto social (a mi entender, esta es la principal preocupación del profesor Veiga, o al menos, lo que refleja el libro). Los límites cronológicos vendrían a posteriori, y en relación a los distintos objetos de estudio que nos ofrece la disciplina, evitando así la “homogeneidad” de los periodos que han sido tradición en la mayoría de la historiografía hasta nuestros días, siempre de “arriba abajo”, y derivados directamente de los poderes político-económicos globales, como lo es el crash.
Los buenos trabajos historiográficos, sin embargo, trascienden a la cuestión de la periodización, que responde muchas veces a cuestiones formales. Los periodos en la historia, como sabemos, pueden moldearse en relación a antecedentes, que también suelen estar sugeridos por un desarrollo histórico posterior, que da origen a nuevas preguntas. Así, la Primera Guerra Mundial puede ser aquél fenómeno en el que se manifestó violentamente la decadencia de la sociedad burguesa del XIX, que tan bien reflejó Luchino Visconti en su Morte a Venezia (1971), como también puede considerarse el origen de un "corto siglo XX", postura defendida por Eric Hobsbawm, por albergar la Revolución Rusa en el conflicto, e incidir significativamente en el desarrollo de las estrategias revolucionarias y contrarrevolucionarias posteriores, por citar un ejemplo.
Sé que esto que he escrito es breve y no significa nada nuevo para los que estamos formándonos en la disciplina, pero es un punto de vista que debe recuperarse de vez en cuando. La historia está llena de trampas, velos y fronteras.
No me extiendo más, porque quiero comentar en la siguiente entrada el documental de Oriol Rius que se exhibió ayer en el CCCB: Hollywood contra Franco (2008).

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